martes, 1 de junio de 2010

Juan Manuel Belgrano

El gobierno de Buenos Aires, a raíz del triunfo de Salta, dispuso que al jefe de los ejércitos patriotas, general Manuel Belgrano, se lo premiaría con un sable con virola de oro, en el que podría leerse “La Asamblea Constituyente, al benemérito general Belgrano”.

Además se le otorgarían cuarenta mil pesos como recompensa. Siendo vocal del primer gobierno patrio ya el generoso don Manuel había renunciado en 1810 a su sueldo de tres mil pesos, y cuando se lo nombró jefe del Regimiento de Patricios también cedió la mitad de su recompensa pecuniaria.

Al anoticiarse de la decisión de la Asamblea don Manuel envió desde Jujuy una correspondencia a Buenos Aires en la que expresaba su decisión de “destinar los cuarenta mil pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras, en las que se enseñe a leer, escribir, la aritmética, la doctrina cristiana y los primeros rudimentos de los derechos y obligaciones del hombre en sociedad hacia ésta y el gobierno que la rija, en cuatro ciudades, a saber, Tanja, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, que carecen de un establecimiento tan esencial e interesante a la Religión y al Estado y aun ni arbitrios para realizarlos.”

Pero no se limitó don Manuel a desprenderse de una suma entonces importante para que los niños pobres de esas comarcas recibieran educación gratuita, generosidad que su patria mal retribuiría al cabo de los años condenándolo a morir en la más absoluta pobreza y sin atender a sus reclamos por sueldos impagos, sino que también redactó un “Reglamento” para el funcionamiento de dichos establecimientos educativos.

Los artículos de dicho reglamento son poderosamente reveladores de la lúcida concepción que Belgrano tenía de lo educativo y de su importancia en la sociedad. Es así que en el artículo 1º privilegia la buena retribución al maestro estableciendo que se destinen quinientos pesos anuales para cada escuela, de los que cuatrocientos serán para su pago y los cien restantes para “papel, pluma, tinta, libros y catecismo para los niños de padres pobres que no tengan como costearlo”.

Para evitar el “dedazo” o “acomodo” imponía el sistema del concurso u oposición: “Se admitirán los memoriales de los opositores con los documentos que califiquen su idoneidad y costumbres, oirá acerca de ellos el síndico procurador, y cumplido el término de la convocación, que nunca será menor de veinticinco días, nombrará dos sujetos de los más capaces e instruidos del pueblo, para que ante ellos, el vicario eclesiástico y el procurador de la ciudad, se verifique la oposición públicamente en el día señalado”.

Dicho concurso, como lo indica el artículo 40, debía abrirse cada tres años, para garantizar que el maestro fuera el más capacitado para ejercer tan delicada tarea. No era ajeno a la voluntad de don Manuel el estímulo a los jóvenes que así lo merecieran: “Se les dará asiento de preferencia, algún premio, distinción de honor, procediéndose en esto con justicia” (artículo 60). Tres artículos, el 7º el 8º y el 9º, están dedicados a la formación espiritual de los niños y jóvenes.

Belgrano era católico confeso y practicante: años más tarde, al ser relevado del mando del Ejército del Norte por su amigo el general San Martín, le escribirá, en camino hacia Buenos Aires para ser juzgado por sus derrotas en Vilcapugio y Ayohúma: “Acuérdese V. de que es un general cristiano, apostólico romano, cele V. de que en nada, ni aun en las conversaciones más triviales, se falte respeto de cuanto diga a nuestra Santa Religión.” Prudente en penitencias y castigos, en épocas propensas a los mismos, siempre obsesionado por la justicia, Belgrano propone que “si hubiese algún joven de tan mala índole o de costumbres tan corrompidas que se manifieste incorregible, podrá ser despedido secretamente de la escuela con la intervención del alcalde de primer voto, el regidor más antiguo y el vicario de la ciudad, quienes se reunirán a deliberar en vista de lo que previa y privadamente les informe el preceptor”. Insiste en que a los alumnos “por ningún motivo se les expondrá a la vergüenza pública” (arIículo 150). Tendrá también maravillosas expresiones hacia el maestro, de sorprendente actualidad: “Procurará con su eonducta en todas sus expresiones y modos inspirar a sus ttlilmnos amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la veribid y a las ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, II<~~~I)ego del interés, desprecio de todo lo que tienda a la prnlutsión y al lujo en el comer, vestir y demás necesidades ile lii vida, y un espíritu nacional que les haga preferir el liten publico al privado y estimar en más la calidad de ~~lIETiCaflO que la de extranjero” (artículo 180). En seguida, ~‘it el artículo 190, nos seguirá asombrando: “Tendrá gran etIíIIJId() en que todos se presenten con aseo en su persona y vernt.Ido, lero no permitirá que nadie use lujo aunque sus ¡i~iIres puedan y quieran costearlo”. Qtuizais lo más remarcable del “Reglamento” de don M~iiiíeI l~elgrano es la jerarquía que confiere a la tarea del ~g1tt,t ud Cabildo, reputándosele por un Padre de la Pa~1’I4t” Auiiiqto~ Iii~ circunstancias lo obligaron al fragor de las batallas para hacernos libres, nuestro prócer coincidía con lo que Epicteto había afirmado siglos antes: “Sólo las personas que han recibido educación son verdaderamente libres” (35).

No hay comentarios:

Publicar un comentario